Diseño de portada de Tesis
Ya he testeado la Fuji X100 durante una semana en Londres, pero mientras acabo de perfilar su análisis, vamos a hacer un alto en el camino y os voy a enseñar uno de los últimos encargos que me han solicitado: el diseño de la portada de una tesis.
Las tesis doctorales suelen ser bastante insulsas en su maquetado final: cubiertas de piel y letras doradas. Sí, como esos libros que llenan las vitrinas de los museos y que nunca se abren. Puede que 100 años atrás este look se considerara distinguido, pero en el mundo visual en el que vivimos actualmente, no es ese precisamente el diseño más atractivo para hacer sobresalir nuestro trabajo sobre el del resto. Por ese motivo precisamente, la autora de la tesis (además de buena amiga) contactó conmigo para encontrar algo más acorde con nuestro tiempo y que le sirviera para dar un valor añadido al fruto de su duro trabajo de investigación.
Estuvimos varias horas estudiando qué aspecto general buscaba. Al final encontramos el diseño que mejor funcionaría con su trabajo: una cuatricromía de colores planos, sobrios y elegantes, que incluiría, además, una fotografía para darle más fuerza visual. ¡Aix! cómo me gusta la infinidad de aplicaciones que tiene la fotografía.
Encontrar una imagen que encajara con el contenido de la tesis fue otro cantar. Aunque creo que dimos con una solución más que adecuada para integrarla en el diseño final. En ella se muestra la silueta de algunos jóvenes con una señal de dirección obligatoria que viene a expresar el camino que la sociedad les impone. Además, esta señal dirige la mirada al nombre de la autora y crea un círculo visual entre la fotografía y el título.
Debo reconocer que he disfrutado bastante con este proyecto de diseño gráfico y que me siento muy orgulloso de que una de mis imágenes sea la portada de un estudio. Ya tengo ganas de ponerme con el siguiente.
Ni de Eva ni de Adam, Amélie Nothomb

Al parecer, huir es poco glorioso. Lástima, porque es muy agradable. La huida proporciona la más formidable sensación de libertad que se pueda experimentar . Te sientes más libre huyendo que si no tienes nada de lo que huir. El fugitivo tiene los músculos de las piernas en trance, la piel temblorosa, las fosas nasales palpitantes, los ojos abiertos.El concepto de libertad es un tema tan manido que las primeras palabras me hacen bostezar. La experiencia de la libertad es otra cosa. Uno debería tener siempre algo de lo que huir, para cultivar esa maravillosa posibilidad. De hecho, siempre hay algo de lo que huir, aunque sólo sea de uno mismo.[...]Por la ventana, la interminable Siberia, totalmente blanca de invierno, prisión ideal debido a su inmensidad. Los que huyen mueren perdidos en un exceso de espacio. Es la paradoja del infinito: presientes una libertad que no existe. Es una cárcel tan grande que nunca consigues salir de ella. Vista desde el avión resulta fácil comprenderlo.El Zaratustra que habita en mí se sorprendió al pensar que, a pie, habría dejado huellas en la nieve, y habrían podido seguirme el rastro. Las alas, bendito invento.¿Huida poco gloriosa? Siempre es mejor que dejarse atrapar. El único deshonor es no ser libre.Amélie Nothomb, “Ni de Eva ni de Adán”
Como ya habréis deducido, acabo de leerme “Ni de Eva ni de Adán” – en su versión original en francés eso sí -, y tengo que reconocer que me ha sorprendido gratamente. Y, claro está, la entrada de hoy se la vamos a dedicar a la señorita Amélie Nothomb. ¡Qué ya hace unos días que no hablábamos de ninguna novela!
Tal vez sea la ligereza con la que está escrita, dando los detalles justos para que uno construya el entorno, y la sobriedad de sus metáforas e ironía, lo que convierta esta historia, como dicen los ingleses, en un verdadero “page-turner”. Y es que su argumento engancha desde la primera página: La propia escritora, Amélie, es una joven estudiante belga que pronto se incorporará a una gran empresa tokyota. Pero antes de aterrizar en el duro panorama laboral japonés (narrado en “Estupor y temblores“), Amélie disfrutara de la ligereza de los años de universidad. El único periodo de relax que todo japonés tiene antes que su vida se vea constreñida por las estrictas normas que rigen la edad adulta. Así pues, y decidida a aprender japonés enseñando el francés, Amélie-autora nos sumerge en una relación amorosa (o no) entre Amélie-personaje y Rinri, un japonés decidido a aprender francés.
Con semejante trama seguramente os diréis que lo único exótico que puede tener esta novela sea que esté ambientada en el Japón de 1989. Pero nada más lejos de la realidad. La prosa de la novela está tan desnuda de artificio que hace que nos creamos a la protagonista totalmente. Claro que el hecho que se trate de una “ficción autobiográfica” narrada en primera persona, le da más verosimilitud. Eso sí, y a pesar del buen saber hacer de la escritora, sólo recomiendo esta novela para leer en verano. Ya sé que puede parecer una estupidez, pero ésta es una novela demasiado suave para leer en invierno, época en la que se necesitan leños que calienten durante un buen tiempo, y no sólo que ardan rápido. Porque es que la novela se lee en unas pocas horas.
En cualquier caso, recomiendo esta novela a quienes disfruten de los malentendidos interculturales, del país del sol naciente (con una visión occidental), de las historias de amor, de las historias que no quieren hablar de amor, y a quienes aún crean que el camino para entender a otra persona es más complicado que comprenderse a uno mismo.









