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Dairakudakan: Butoh y danza contemporanea japonesa

Ya os había hablado antes sobre mi primera experiencia con el Butoh. Bien, pues después de haber visto varios espectáculos e incluso hacer un curso intensivo con Rosana Barra (la directora del Festival Barcelona en Butoh); ayer, el espectáculo que la compañía Dairakudan ofreció en el Mercat de les Flors,  me descolocó por completo.

 

El butoh (舞踏 Butō?) es más danza que teatro, y su punto de partida es la idea de volver al cuerpo primigenio, a aquellos movimientos y gestos que, con el paso del tiempo, hemos olvidado. Y sobre toda, dado que nació tras el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki, de volver al cuerpo que la guerra nos robó. Motivo éste por el que los espectáculos suelen estar envueltos en un manto de melancolía y dolor. Sin embargo, el Paradise in the Jar Odyssey 2001 de Dairakudakan  me ha roto todos estos esquemas.

 

Yo esperaba ver algo parecido a lo que a estaba acostumbrado y ya empezaba a identificar con danza contemporanea japonesa, pero me encontré con una mezcla de humor y drama inimaginable en occidente. Composiciones musicales excelentes, canciones conocidas, risas incontenibles y silencios desgarradores. Creo que no hay nada que haya visto hasta la fecha que se le parezca y que sea luz y oscuridad al mismo tiempo. Y todo contado con la simplicidad de unos cuerpos casi desnudos. ¿Se puede decir más con menos?

 

Reconozco que no es un espectáculo para todos los estómagos. En él lo macabro y lo mágico se dan la mano de forma visceral, y ya sea para odiarlo o para amarlo, no deja indiferente.

A la oscuridad, sólo pude arrancarle tres instantáneas del espectáculo. Las que ilustran este post. Espero, en un futuro no muy lejano, tener la oportunidad de documentar un espectáculo de butoh desde cerca. Retratar esos rostros desencajados y esas posturas y gestos imposibles. Que me expliquen de primera mano, qué es exactamente esta extraña danza que se adueña del espacio como si ella misma, no fuera más que espacio.

 


Butoh: de la vida y la muerte, si llegas a entenderlo

Barcelona acoge hasta el próximo 1 de agosto el festival de teatro “Grec”. Este año, además centra su mirada en la nuevas tendencias japonesas de la escena (que nunca he sabido qué quiere decir esta expresión pero queda bien). Así que, “¡qué mejor momento para aprovechar y instruirse un poco!” – pensé. Y como quien no quiere la cosa, me encontré en el Teatre Lliure esperando que empezara un espectáculo de Butō.

El teatro estaba a rebosar, y eso que ese domingo había fútbol en la tele. Todo tipo de gente buscaba su butaca, desde fashion victims con rebeca a abueletes con rebeca (¡y luego dicen que las diferentes generaciones no tienen nada en común!). Pero lo que más me sorprendió fue la cantidad de extranjeros. En la gradería se podía escuchar inglés, japonés, francés y algo de alemán. Un verdadero babel dispuesto a disfrutar de un arte interpretativo que no requiere de palabras.

Para quienes no sepáis qué es el butō (y sé que seremos la mayoría), diré que es un modo de expresar la existencia del cuerpo en el espacio. Ya sé que esto es como no decir nada, pero es que durante las representaciones de butō no se pronuncian más palabras que las de alguna canción. Con ello se pretende que el espectador sienta, a través de los cuerpos desnudos o pintados de blanco de los intérpretes, las emociones de la oscuridad y lo místico. Buf! Es realmente difícil de explicar. Pero lo cierto es que si resulta difícil de explicar, más lo resulta entenderlo, pues el butō sólo puede sentirse.

Lanzándome a la arena os diré, que en el espectáculo de Ko Murobushi al que tuve el placer de acudir, me emocioné con una primera parte sobre la muerte y la reencarnación, y me quedé frío con la segunda (aunque el público prorrumpió en aplausos, vítores y demás alabanzas haciendo que el Sr. Murobushi tuviese que saludar nada más y nada menos que ocho veces). En cualquier caso, en ambas partes de la “obra teatral”, los actores, pintados de blanco, caían y se levantaban ante las desgracias del mundo en un escenario negro como Nagasaki tras la gran explosión de la bomba atómica. Por algo esta  danza? nació inspirada en tal desgracia.

Aún ahora, recordando el espectáculo, soy incapaz de clasificarlo como danza, teatro, performance o tomadura de pelo. Sin duda me tocará volver a verlo con una mente más abierta y menos humanista para verificar si soy capaz de sentirlo, en lugar de intentar entender tantos aplausos.

Y si no le habéis echado un ojo aún, reproducid el vídeo de la entrada para que os hagáis una idea de lo que os hablo.

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