Las Mejores vistas de Barcelona (V)

Nuestros encuentros habían empezado por casualidad. No hacía mucho que había descubierto el placer de escribir, y como en casa era imposible concentrarse pues mis vecinos llevaban tres años de obras, contacté con una inmobiliaria. Había decidido ponerme a escribir y no iba a ser el taladro percutor del quinto cuarta quien me convenciera de lo contrario.

La chica de la agencia me paseó durante semanas por toda la ciudad. Estuvimos en los lugares más insospechados. Desde una antigua carnicería con el olor aún impregnado en las paredes hasta una casa repleta de ángeles de porcelana. No pude evitar imaginarme a la señora que comenzó semejante colección. Quitando minuciosamente el polvo de cada figurita, con su rebeca azul y el cabello amarillento de peinarse con colonia. Hasta la fecha nunca me habría planteado que en realidad ese fuera el tipo de personas que habitan esta ciudad tan chic.

Las semanas pasaron y nuestros encuentros en busca de un estudio en el que escribir se convirtieron en rutina. Ella caminaba delante, yo seguía su impoluto traje de chaqueta por un infinito laberinto de pisos. Llegué a plantearme si aquella peregrinación no era más que un tour por el infierno, visitando los lugares en los que se torturan los pecadores antes de llegar al purgatorio.

Al fin, un dia llegamos a una pequeña habitación. Muy oscura. Ella encendió la luz, ladeó ligeramente la cabeza y levantó los brazos para mostrarme el espacio. Una única bombilla en medio de la sala y una ventana cerrada. Sonrió. Y su sonrisa llenó el espacio de una vida que ya creía inexistente en el mundo. No abrió la ventana ni se me ocurrió pedírselo. No quería que su sonrisa se escapara de esas cuatro paredes. “Si lo desea mañana mismo tendrá instalado un escritorio y una silla”.

Hoy por fin me he despegado de las últimas palabras que necesitaba escribir. Las que me llevaron a buscar esta pequeña habitación en la que recluirme. Y me sorprendo volviendo a recordar su sonrisa. La misma que me ha acompañado sin quererlo durante toda esta travesía, y que ha muerto asfixiada mientras yo escribía. ¿Cuanto tiempo llevo en esta  habitación?

He llamado a la inmobiliaria para verificar si, por una casualidad, ella seguía allí y podía donarme una nueva ración de alegría. Por supuesto, nadie la recordaba. Tampoco yo recuerdo su rostro.

Hoy, por primera vez desde que llegué, he abierto la ventana. El aire ha entrado fresco robando cuanto pudiera quedar de ella, iluminando los rincones más oscuros. Frente a mi ha aparecido un enorme rascacielos que no había visto nunca. Tal vez sólo exista desde esta ventana.

Estuve un tiempo observando las vistas, algo me resultaba familiar. El edificio parecían ser unas oficinas. Dentro hombres y mujeres muy bien vestidos trabajaban frente a sus ordenadores. De vez en cuando paraban de aporrear el teclado y entablaban una breve conversación. Y entonces supe qué era. Hasta hace no demasiado tiempo yo también era uno de ellos. Aprisionado tras los cristales de un enorme rascacielos de vistas preciosas y sin tiempo para observarlas. ¿En qué me había transformado la reclusión? Giré la cabeza y observé la ciudad velada al atardecer con su aire irreal de gran ciudad. Levanté los brazos y se me escapó una sonrisa.

Vistas de la ciudad desde la EOI de Drassanes, y su situación exacta.

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