Un paseo por Venezia

Los topónimos no deberían traducirse nunca. Me diréis que entonces seríamos incapaces de pronunciar la mitad de países y ciudades. Pero no es menos cierto que a todo se acostumbra uno. Además, ¿qué regla arbitraria permite traducir un nombre propio de una lengua a otra? Porque entiendo perfectamente que, con matices, un nombre común se pueda traducir. Al fin y al cabo una mesa es una mesa aquí y en cualquier país, con independencia que en cada uno de ellos se la designe con una palabra diferente. Pero England es England, no Inglaterra, la France es la France, no Francia, y Venezia es Venezia. Sé que es una reivindicación extraña, pero si no lo comprendéis os recomiendo que deis un paseo por Venezia para entenderlo.

La primera vez que llegué a esta ciudad fue para hacer un alto en el camino hacia Roma – el resto fueron por añoranza -, y desde entonces no he vuelto a utilizar la “c” para referirme a ella. Esa “z” de su nombre que hasta entonces desconocía, resume para mi la admiración que medio mundo siente por esta ciudad. Y a quien se admira es lógico llamarle por su nombre ¿no creéis?

Venezia es una ciudad turística. Imposible de negar. Sus más de 17 millones de turistas al año lo certifican. En ella los residentes sufren los inconvenientes derivados: basura, precios excesivos, ratas que entran en las casas con la subida de la mares, olores que traen las bajas mareas y un largo etc. No es de extrañar que queden menos de 60.000 residentes en la ciudad y que la que había sido capital comercial del Adriático, celebrara en 2009 su propio funeral como protesta ante el éxodo de los jóvenes. En resumidas cuentas, que se podría decir que Venezia es ahora casi un parque temático. Sin embargo sigue teniendo encanto.

Porque más allá de las grandes calles que llevan al turista a la Piazza San Marcos (para tomar el café más caro del mundo), de sus gondoleros que amortizan su barcaza de 5.000 euros a 60 Euros el pasajero por un trayecto de 20 minutos, y de toda clase de quincalla enmascarada de recuerdo único para el turista, existe un universo desconocido. En él la ropa de todo un vecindario cuelga de una fachada a otra a modo de guirnaldas, los secretos se cierran con candados para que ni el agua los descubra, y los niños llenan de arte el suelo.

 

En definitiva, una ciudad capaz de reinventarse siglo tras siglo, ya sea como centro comercial, sede de festivales de cine o de arte, o incluso como parque temático para el turista; y capaz de conservar aún su espíritu en cada esquina, bien se merece el reconocimiento de esa z en su nombre.

Aix… Por el momento salgo a pasear un rato, a ver que me prepara esta ciudad.

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