Butoh: de la vida y la muerte, si llegas a entenderlo

Barcelona acoge hasta el próximo 1 de agosto el festival de teatro “Grec”. Este año, además centra su mirada en la nuevas tendencias japonesas de la escena (que nunca he sabido qué quiere decir esta expresión pero queda bien). Así que, “¡qué mejor momento para aprovechar y instruirse un poco!” – pensé. Y como quien no quiere la cosa, me encontré en el Teatre Lliure esperando que empezara un espectáculo de Butō.

El teatro estaba a rebosar, y eso que ese domingo había fútbol en la tele. Todo tipo de gente buscaba su butaca, desde fashion victims con rebeca a abueletes con rebeca (¡y luego dicen que las diferentes generaciones no tienen nada en común!). Pero lo que más me sorprendió fue la cantidad de extranjeros. En la gradería se podía escuchar inglés, japonés, francés y algo de alemán. Un verdadero babel dispuesto a disfrutar de un arte interpretativo que no requiere de palabras.

Para quienes no sepáis qué es el butō (y sé que seremos la mayoría), diré que es un modo de expresar la existencia del cuerpo en el espacio. Ya sé que esto es como no decir nada, pero es que durante las representaciones de butō no se pronuncian más palabras que las de alguna canción. Con ello se pretende que el espectador sienta, a través de los cuerpos desnudos o pintados de blanco de los intérpretes, las emociones de la oscuridad y lo místico. Buf! Es realmente difícil de explicar. Pero lo cierto es que si resulta difícil de explicar, más lo resulta entenderlo, pues el butō sólo puede sentirse.

Lanzándome a la arena os diré, que en el espectáculo de Ko Murobushi al que tuve el placer de acudir, me emocioné con una primera parte sobre la muerte y la reencarnación, y me quedé frío con la segunda (aunque el público prorrumpió en aplausos, vítores y demás alabanzas haciendo que el Sr. Murobushi tuviese que saludar nada más y nada menos que ocho veces). En cualquier caso, en ambas partes de la “obra teatral”, los actores, pintados de blanco, caían y se levantaban ante las desgracias del mundo en un escenario negro como Nagasaki tras la gran explosión de la bomba atómica. Por algo esta  danza? nació inspirada en tal desgracia.

Aún ahora, recordando el espectáculo, soy incapaz de clasificarlo como danza, teatro, performance o tomadura de pelo. Sin duda me tocará volver a verlo con una mente más abierta y menos humanista para verificar si soy capaz de sentirlo, en lugar de intentar entender tantos aplausos.

Y si no le habéis echado un ojo aún, reproducid el vídeo de la entrada para que os hagáis una idea de lo que os hablo.

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