Literatura, fotografía y otros viajes

Archive for julio, 2010

Butoh: de la vida y la muerte, si llegas a entenderlo

Barcelona acoge hasta el próximo 1 de agosto el festival de teatro “Grec”. Este año, además centra su mirada en la nuevas tendencias japonesas de la escena (que nunca he sabido qué quiere decir esta expresión pero queda bien). Así que, “¡qué mejor momento para aprovechar y instruirse un poco!” – pensé. Y como quien no quiere la cosa, me encontré en el Teatre Lliure esperando que empezara un espectáculo de Butō.

El teatro estaba a rebosar, y eso que ese domingo había fútbol en la tele. Todo tipo de gente buscaba su butaca, desde fashion victims con rebeca a abueletes con rebeca (¡y luego dicen que las diferentes generaciones no tienen nada en común!). Pero lo que más me sorprendió fue la cantidad de extranjeros. En la gradería se podía escuchar inglés, japonés, francés y algo de alemán. Un verdadero babel dispuesto a disfrutar de un arte interpretativo que no requiere de palabras.

Para quienes no sepáis qué es el butō (y sé que seremos la mayoría), diré que es un modo de expresar la existencia del cuerpo en el espacio. Ya sé que esto es como no decir nada, pero es que durante las representaciones de butō no se pronuncian más palabras que las de alguna canción. Con ello se pretende que el espectador sienta, a través de los cuerpos desnudos o pintados de blanco de los intérpretes, las emociones de la oscuridad y lo místico. Buf! Es realmente difícil de explicar. Pero lo cierto es que si resulta difícil de explicar, más lo resulta entenderlo, pues el butō sólo puede sentirse.

Lanzándome a la arena os diré, que en el espectáculo de Ko Murobushi al que tuve el placer de acudir, me emocioné con una primera parte sobre la muerte y la reencarnación, y me quedé frío con la segunda (aunque el público prorrumpió en aplausos, vítores y demás alabanzas haciendo que el Sr. Murobushi tuviese que saludar nada más y nada menos que ocho veces). En cualquier caso, en ambas partes de la “obra teatral”, los actores, pintados de blanco, caían y se levantaban ante las desgracias del mundo en un escenario negro como Nagasaki tras la gran explosión de la bomba atómica. Por algo esta  danza? nació inspirada en tal desgracia.

Aún ahora, recordando el espectáculo, soy incapaz de clasificarlo como danza, teatro, performance o tomadura de pelo. Sin duda me tocará volver a verlo con una mente más abierta y menos humanista para verificar si soy capaz de sentirlo, en lugar de intentar entender tantos aplausos.

Y si no le habéis echado un ojo aún, reproducid el vídeo de la entrada para que os hagáis una idea de lo que os hablo.


Ni de Eva ni de Adam, Amélie Nothomb

Al parecer, huir es poco glorioso. Lástima, porque es muy agradable. La huida proporciona la más formidable sensación de libertad que se pueda experimentar . Te sientes más libre huyendo que si no tienes nada de lo que huir. El fugitivo tiene los músculos de las piernas en trance, la piel temblorosa, las fosas nasales palpitantes, los ojos abiertos.
El concepto de libertad es un tema tan manido que las primeras palabras me hacen bostezar. La experiencia de la libertad es otra cosa. Uno debería tener siempre algo de lo que huir, para cultivar esa maravillosa posibilidad. De hecho, siempre hay algo de lo que huir, aunque sólo sea de uno mismo.
[...]
Por la ventana, la interminable Siberia, totalmente blanca de invierno, prisión ideal debido a su inmensidad. Los que huyen mueren perdidos en un exceso de espacio. Es la paradoja del infinito: presientes una libertad que no existe. Es una cárcel tan grande que nunca consigues salir de ella. Vista desde el avión resulta fácil comprenderlo.
El Zaratustra que habita en mí se sorprendió al pensar que, a pie, habría dejado huellas en la nieve, y habrían podido seguirme el rastro. Las alas, bendito invento.
¿Huida poco gloriosa? Siempre es mejor que dejarse atrapar. El único deshonor es no ser libre.
Amélie Nothomb, “Ni de Eva ni de Adán”

Como ya habréis deducido, acabo de leerme “Ni de Eva ni de Adán” – en su versión original en francés eso sí -, y tengo que reconocer que me ha sorprendido gratamente. Y, claro está, la entrada de hoy se la vamos a dedicar a la señorita Amélie Nothomb. ¡Qué ya hace unos días que no hablábamos de ninguna novela!

Tal vez sea la ligereza con la que está escrita, dando los detalles justos para que uno construya el entorno, y la sobriedad de sus metáforas e ironía, lo que convierta esta historia, como dicen los ingleses, en un verdadero “page-turner”. Y es que su argumento engancha desde la primera página: La propia escritora, Amélie, es una joven estudiante belga que pronto se incorporará a una gran empresa tokyota. Pero antes de aterrizar en el duro panorama laboral japonés (narrado en “Estupor y temblores“), Amélie disfrutara de la ligereza de los años de universidad. El único periodo de relax que todo japonés tiene antes que su vida se vea constreñida por las estrictas normas que rigen la edad adulta. Así pues, y decidida a aprender japonés enseñando el francés, Amélie-autora nos sumerge en una relación amorosa (o no) entre Amélie-personaje y Rinri, un japonés decidido a aprender francés.

Con semejante trama seguramente os diréis que lo único exótico que puede tener esta novela sea que esté ambientada en el Japón de 1989. Pero nada más lejos de la realidad. La prosa de la novela está tan desnuda de artificio que hace que nos creamos a la protagonista totalmente. Claro que el hecho que se trate de una “ficción autobiográfica” narrada en primera persona, le da más verosimilitud. Eso sí, y a pesar del buen saber hacer de la escritora, sólo recomiendo esta novela para leer en verano. Ya sé que puede parecer una estupidez, pero ésta es una novela demasiado suave para leer en invierno, época en la que se necesitan leños que calienten durante un buen tiempo, y no sólo que ardan rápido. Porque es que la novela se lee en unas pocas horas.

En cualquier caso, recomiendo esta novela a quienes disfruten de los malentendidos interculturales, del país del sol naciente (con una visión occidental), de las historias de amor, de las historias que no quieren hablar de amor, y a quienes aún crean que el camino para entender a otra persona es más complicado que comprenderse a uno mismo.


Jacques Henri Lartigue, la ligereza del movimiento

Coco. Hendaya, 1934. J.H. Lartigue

© Ministère de la Culture – France / AAJHL

Hace apenas unos días descubrí al extraordinario Jacques Henri Lartigue. Debo reconocer que ya había perdido la esperanza de encontrar a algún fotógrafo que me emocionara como Doisneau o Bresson, pero el señor Lartigue lo ha conseguido. Sí, es un fotógrafo de principios del siglo XX de los que me gustan, pero su trabajo es refrescante y lejano a los artificios. Y si algo me evocan sus imagenes es ligereza. Lo cual no es fácil de encontrar en la fotografía contemporanea, muchas veces moralista, nada positiva y a veces hasta vacía de contenido. Y que conste que también hay entre lo que se produce hoy en día muchas obras que admiro. Pero esa sensación de cambio que Lartigue plasmó en sus imágenes es sublime y refrescante.

Sus fotografías suelen estar cargadas de la ligereza del cambio (no en vano vivió todas las novedades tecnológicas y filosoficas que marcaron el tiempo que ahora vivimos nosotros). Tampoco penséis que es el sentimiento de nostalgia lo que me lleva a valorar sus imágenes. Porque más allá del “cualquier-tiempo-pasado-fue-mejor”, lo interesante es cómo consiguió captar lo etereo del cambio. O mejor dicho (y a pesar de la rima): el sentimiento del movimiento. Es como si sólo él, y no sus modelos, hubiera sido capaz de ver la velocidad a la que arrancaba una nueva época. Pero, sin lugar a dudas, lo que más admiro de sus fotos es que, a diferencia de otros muchos fotógrafos, me da la sensación de que él no era un mero observador de su tiempo, sino que él simplemente tomaba imágenes de su realidad cotidiana.

Supongo que eso explica incluso porqué se dedicaba, casi de manera obsesiva, a tomar notas en sus libretas de todo cuanto hacía en su día a día. Sus fotografías no son solo testimonio de una época, reportajes de viaje o documentos periodísticos. Sino un retrato de su propia vida, tal y como él la veía. Al menos esa es la impresión que yo me he tenido al respecto.

A los que ahora os encontréis por Barcelona os recomiendo la exposición que CaixaForum organiza hasta el 3 de Octubre de 2010. Las más de 230 imágenes que exhiben realmente merecen la pena. Al resto, os dejo ésta página donde os podréis hacer una pequeña idea de lo que os hablo, y el enlace a la fundación Lartigue.

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