La nieve aisla Barcelona

El paisaje se transforma, parece que haya volcado un camión de harina. Todo el mundo sonríe por la anécdota: no es habitual que nieve al nivel del mar. Pero a penas han pasado una horas desde que empezara a nevar, surgen los contras de vivir en una ciudad que no está preparada para cambios meteorológicos bruscos: los coches resbalan, se empotran, la gente cae, los autobuses y trenes dejan de funcionar (sólo el metro circula durante toda la noche), y los cadáveres de los paraguas se cuentan por decenas en el suelo. Y aunque los niños no han tardado en construir sus muñecos de nieve, la anécdota se convierte en preocupación. ¿Cuánto durará esto? ¿Es esto normal? ¿Anda bien el mundo?

Pero hoy, por suerte o por desgracia – depende de las ganas que uno tuviera de ir a trabajar -, un día después de la nevada, sólo quedan unas cuantas imágenes como recuerdo y varias crónicas de la nevada más importante que ha vivido Barcelona desde hace 28 años.

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